Job 2:11-13Reina-Valera 1960 (RVR1960)
11 Y tres amigos de Job, Elifaz temanita,
Bildad suhita, y Zofar naamatita, luego que oyeron todo este mal que le había
sobrevenido, vinieron cada uno de su lugar; porque habían convenido en venir
juntos para condolerse de él y para consolarle.
12 Los cuales, alzando los ojos desde
lejos, no lo conocieron, y lloraron a gritos; y cada uno de ellos rasgó su
manto, y los tres esparcieron polvo sobre sus cabezas hacia el cielo.
13 Así se sentaron con él en tierra por
siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su
dolor era muy grande.
La Empatía
Debemos ponernos en
el lugar de los demás
Empatía: Participación efectiva,
y por lo común emotiva, de un sujeto en una realidad ajena; comprensión intima
que nos permite entender totalmente los móviles o sentimientos de una persona.
Es la cualidad que nos permite “meternos en la piel de otra persona” con lo que
llegamos a sentir lo mismo que ella.
¿Reconoce usted los sentimientos
de las demás personas? ¿Comprende por qué los demás se sienten así? Esta es la
habilidad de 'sentir con los demás', de experimentar las emociones de los otros
como si fuesen propias.
Cuando desarrollamos la empatía
(la cuarta de las habilidades prácticas de la Inteligencia Emocional) las
emociones de los demás resuenan en nosotros. Sentimos cuáles son los
sentimientos del otro, cuán fuertes son y qué cosas los provocan. Esto es
difícil para algunas personas, pero en cambio, para otras, es tan sencillo que pueden
leer los sentimientos tal como si se tratase de un libro.
Es importante aquí hacer una
distinción entre la empatía y la simpatía. La simpatía es un proceso que nos
permite sentir los mismos estados emocionales que sienten los demás, los
comprendamos o no.
Sin embargo, la simpatía es un proceso
puramente emocional, La empatía es algo diferente: involucra nuestras propias
emociones, y por eso entendemos cabalmente los sentimientos de los demás,
porque los sentimos en nuestros corazones además de comprenderlos con nuestras
mentes. Pero además, y fundamentalmente, la empatía incluye la comprensión de
las perspectivas, pensamientos, deseos y creencias ajenos.
Debemos ponernos en
el lugar de los demás
Este es un ejemplo claro de lo
que es tener empatía, la gran mayoría de las veces no somos capaces de
contribuir a una causa, o solucionar un problema ya sea en nuestra iglesia en
nuestra casa y hasta en nuestra comunidad por el simple hecho de entender que
eso no me afecta, eso no es problema mío, y nos ponemos miles de excusas para
no ayudar aun sea con una palabra de aliento.
Otros se niegan a prestar la
ayuda por el simple hecho de entender que si lo hago me puede perjudicar a mi,
que lo resuelva el que es el afectado, esto queridos hermanos es falta de
empatía,
Otro claro ejemplo de la falta de empatía es cuando ocasionamos un
agravio o una ofensa a otra persona sin detenernos a pensar que tan sensible
emocionalmente esta esa persona, ya sea porque tiene un problema o porque es su
personalidad, muchos dicen que el mal que arropa el mundo es la droga los
vicios la corrupción y yo diría que no el real mal que nos arropa es la falta
de empatía olvidamos uno de los mandamientos de Dios que es “Amar al prójimo
como a ti mismo “.
Si debemos amar al prójimo como a
nosotros mismos yo te pregunto tú te hablas mal a ti mismo, tú t e niegas a
ayudarte yo hoy no me voy a comer porque estoy enojado conmigo y yo no me merezco alimentarme, debemos ser empáticos en todo momento con
todo lo que hacemos o decimos hasta con nuestros pensamientos debemos ser
empáticos ya que la mente es tan poderosa que hasta en pensamiento podemos
hacer daño a otro.
La biblia habla tanto de la
empatía en tantos versículos y el mismo Jesús predico con su ejemplo cuando Él
se entregó en la cruz del calvario a morir por todos nuestros pecados ahí Jesús
mostro empatía con la humanidad sufrió por nosotros el peso de nuestros
pecados.
LA EMPATÍA, LA LLAVE DE LA BONDAD Y LA COMPASIÓN
“SIEMPRE que alivies el dolor de
otro ser humano, tu vida no será en vano”, escribió Helen Keller. No hay duda
de que ella entendía lo que era el sufrimiento emocional, pues a los diecinueve
meses de edad, una enfermedad la dejó completamente ciega y sorda. No obstante,
una maestra compasiva, Ann Sullivan, le enseñó a leer y escribir en braille, y,
más adelante, a hablar.
Ann sabía muy bien lo frustrante
que era luchar contra una discapacidad física, pues ella misma estaba casi
ciega. Pero con paciencia ideó una manera de comunicarse con Helen, que
consistía en “deletrear” las palabras en la mano de esta. La empatía de su
maestra impulsó a Helen a dedicar su propia vida a ayudar a los ciegos y los
sordos. Como había tenido que esforzarse mucho para superar su discapacidad, se
compadecía de quienes se encontraban en circunstancias similares y deseaba
ayudarlos.
Seguramente nos hemos dado cuenta
de lo sencillo que es en este mundo egoísta ‘cerrar la puerta de las tiernas
compasiones’ y pasar por alto las necesidades ajenas (1 Juan 3:17). Aun así, a
los cristianos se nos manda amar al prójimo y tenernos amor intenso unos a
otros (Mateo 22:39; 1 Pedro 4:8). Sin embargo, es probable que también estemos
al tanto de esta realidad: aunque nuestra firme intención es amarnos unos a
otros, solemos pasar por alto las oportunidades de mitigar el sufrimiento de
los demás. La razón tal vez sea sencillamente que no conocemos sus necesidades.
La empatía es la llave que abre la puerta de la bondad y la compasión.
¿Qué es la empatía?
Un diccionario define empatía
como “sentimiento de participación afectiva de una persona en una realidad
ajena a ella, especialmente en los sentimientos de otra persona”. También se ha
dicho que es la capacidad de ponerse uno mismo en el lugar del otro. De modo
que para tener empatía, en primer lugar hay que comprender las circunstancias
de los demás y, en segundo lugar, participar afectivamente en los sentimientos
que esas circunstancias provocan en ellos. En efecto, la empatía implica sentir
en nuestro corazón el dolor de otra persona.
La Biblia no contiene el vocablo
empatía, si bien alude a ella de manera indirecta. El apóstol Pedro aconsejó a
los cristianos que siguieran “compartiendo sentimientos como compañeros,
teniendo cariño fraternal [y] siendo [...] compasivos” (1 Pedro 3:8). La
palabra griega que se traduce “compartiendo sentimientos como compañeros”
significa literalmente “que sufren con otro”, “que se conduelen”. El apóstol
Pablo recomendó manifestar sentimientos similares cuando exhortó a sus hermanos
cristianos a ‘regocijarse con los que se regocijan; llorar con los que lloran’,
y añadió: “Estén dispue stos para con otros del mismo modo como lo están para
consigo mismos” (Romanos 12:15, 16). ¿Y no concordamos con el hecho de que nos
resultaría casi imposible amar al prójimo como a nosotros mismos si no nos
pusiéramos en su lugar?
La mayoría de nosotros tenemos
cierta empatía natural. ¿Quién no se ha sentido conmovido al ver las
desgarradoras imágenes de niños hambrientos o refugiados afligidos? ¿Qué madre
puede pasar por alto el llanto de su hijo? Pero no todo sufrimiento se percibe
con facilidad. Resulta muy difícil entender los sentimientos de quienes tienen
depresión, un defecto físico oculto o incluso un trastorno del apetito, si nunca
hemos padecido esos problemas. Sin embargo, las Escrituras indican que podemos y debemos compartir los sentimientos de
aquellos cuyas circunstancias no son las mismas que las nuestras.
Ejemplos bíblicos de empatía
Nuestro principal modelo de
empatía es Jehová. Aunque es perfecto, no espera que nosotros también lo
seamos, “pues él mismo conoce bien la formación de nosotros, y se acuerda de
que somos polvo” (Salmo 103:14; Romanos 5:12). Además, como está al tanto de
nuestras limitaciones, “no dejará que seamos tentados más allá de lo que
[podamos] soportar” (1 Corintios 10:13). Mediante sus siervos y su espíritu,
nos ayuda a encontrar la salida (Jeremías 25:4, 5; Hechos 5:32).
Jehová siente el dolor que
experimenta su pueblo. A los judíos que habían regresado de Babilonia les dijo:
“El que los toca a ustedes está tocando el globo de mi ojo” (Zacarías 2:8). El
escritor bíblico David, que conocía bien la empatía de Dios, le rogó: “Pon mis
lágrimas, sí, en tu odre. ¿No están en tu libro?” (Salmo 56:8). Es muy
reconfortante saber que Jehová recuerda, como si estuvieran escritas en un
libro, las lágrimas que derraman sus siervos fieles al tratar de mantener
integridad.
Como a su Padre celestial, a
Jesucristo le importan los sentimientos de los demás. Cuando sanó a un sordo,
lo llevó aparte, probablemente para que su curación milagrosa no lo avergonzara
ni sobresaltara (Marcos 7:32-35). En otra ocasión, se fijó en una viuda que
estaba a punto de enterrar a su único hijo. Enseguida sintió en su corazón el dolor
que la embargaba, se acercó al cortejo fúnebre y devolvió la vida al joven
(Lucas 7:11-16).
Cristo, después de resucitar, se
apareció a Saulo en el camino que iba a Damasco y le dijo cómo le afectaba la
sanguinaria persecución de Sus discípulos: “Soy Jesús, a quien estás
persiguiendo” (Hechos 9:3-5). Sentía dentro de sí el dolor de sus discípulos,
igual que a una madre le duele el sufrimiento de su hijo enfermo. Del mismo
modo, en su calidad de Sumo Sacerdote celestial, Jesús puede “condolerse de
nuestras debilidades”, o, como traduce Barclay en su Comentario al Nuevo
Testamento, “sentir con nosotros en nuestras debilidades” (Hebreos 4:15).
El apóstol Pablo aprendió a tener
en cuenta el sufrimiento y los sentimientos de los demás. “¿Quién es débil, y
no soy débil yo? ¿A quién se hace tropezar, y no ardo yo de indignación?”,
preguntó (2 Corintios 11:29). Cuando un ángel liberó milagrosamente de sus
cadenas a él y a Silas en una cárcel de Filipos, lo primero en lo que Pablo
pensó fue en avisar al guardia de que nadie había escapado. Se puso en su lugar
y llegó a la conclusión de que era probable que se suicidara, pues sabía que la
costumbre romana era castigar con severidad al carcelero si se fugaba un
prisionero, sobre todo si se le había mandado que lo vigilara bien (Hechos
16:24-28). Al carcelero le impresionó esta muestra de bondad, que le salvó la
vida, y tanto él como su casa tomaron medidas para hacerse cristianos (Hechos
16:30-34).
Cómo cultivar empatía
Las Escrituras nos instan en
repetidas ocasiones a imitar a nuestro Padre celestial y a su Hijo, Jesucristo,
por lo que es necesario que cultivemos empatía. ¿Cómo? Hay tres maneras
principales de ser más sensibles a las necesidades y sentimientos ajenos:
escuchar, observar e imaginar.
Escuchar. Al escuchar con
atención, nos enteramos de las dificultades de los demás. Y cuanto mejores
oyentes seamos, mayores serán las probabilidades de que abran su corazón y nos
revelen sus sentimientos. “Hablo con un anciano si confío en que me escuchará
—comenta Míriam—. Deseo saber que de verdad entiende mi problema. Mi confianza
en él aumenta cuando me plantea preguntas perspicaces que demuestran que ha
escuchado con atención lo que le he contado.”
Observar. No todos nos dirán
abiertamente cómo se sienten o qué están experimentando. No obstante, un
observador perspicaz se dará cuenta de que su hermano cristiano está deprimido,
de que un adolescente se ha vuelto reservado o de que un ministro celoso ha
perdido el entusiasmo. Esta capacidad de percibir los problemas en sus inicios
es fundamental para los padres. “De algún modo, mi madre sabe lo que siento
antes de que se lo diga —observa --, por lo que me resulta fácil hablarle con
franqueza de mis problemas.”
Usar la imaginación. La manera
más efectiva de cultivar más empatía consiste en plantearse algunas preguntas:
“Si yo me encontrara en esa situación, ¿cómo me sentiría? ¿Cuál sería mi
reacción? ¿Qué necesitaría?”. Los tres falsos consoladores de Job fueron
incapaces de ponerse en su lugar y, por ello, lo condenaron por los pecados que
suponían debía haber cometido.
Normalmente, a los seres humanos
imperfectos nos resulta más fácil juzgar errores que comprender sentimientos.
No obstante, hacer lo posible por imaginarnos la angustia que está
experimentando una determinada persona nos ayudará a comprenderla en lugar de
condenarla. “Doy mejores consejos cuando escucho con atención y trato de
comprender toda la situación antes de ofrecer sugerencias”, dijo Juan, un
anciano cristiano de experiencia.
La empatía resulta útil en la
vida cristiana
Pocos pasaríamos por alto la
difícil situación de un niño hambriento si dispusiéramos de comida para
compartir con él. Si tenemos empatía, percibiremos también el estado espiritual
de la gente. La Biblia nos dice lo siguiente sobre Jesús: “Al ver las
muchedumbres, se compadeció de ellas, porque estaban desolladas y desparramadas
como ovejas sin pastor” (Mateo 9:36). Hoy, millones de seres humanos se
encuentran en una condición parecida y necesitan ayuda.
Igual que en los días de Jesús,
tal vez debamos vencer prejuicios o tradiciones arraigadas para llegar al
corazón de algunas personas. El ministro que tiene empatía procura hallar
puntos en común con su interlocutor o hablar de temas que preocupan a este a
fin de hacer más atrayente el mensaje (Hechos 17:22, 23; 1 Corintios 9:20-23).
Las acciones bondadosas impulsadas por la empatía también pueden contribuir a
que nuestros oyentes estén más dispuestos a escuchar el mensaje del Reino, como
ocurrió en el caso del carcelero de Filipos.
La empatía es una ayuda
inestimable para que pasemos por alto los errores de otros miembros de la
congregación. Si tratamos de comprender los sentimientos de quien nos haya
ofendido, lo más probable es que nos resulte más fácil perdonarlo. Es posible
que nosotros hubiésemos reaccionado igual de habernos encontrado en su
situación y de haber tenido sus mismos antecedentes. Si a Jehová la empatía le
hace ‘acordarse de que somos polvo’, ¿no debería impulsarnos a nosotros a ser
indulgentes con las imperfecciones de los demás y ‘perdonarlos liberalmente’?
(Salmo 103:14; Colosenses 3:13.)
En caso de que debamos aconsejar
a alguien que ha errado, es muy probable que lo hagamos de manera mucho más
bondadosa si comprendemos sus sentimientos y sensibilidad. El anciano cristiano
que tiene empatía se recuerda a sí mismo que él podría haber cometido ese error
y encontrarse también en esa situación. Por ello, Pablo recomienda: “Traten de
reajustar a tal hombre con espíritu de apacibilidad, vigilándote a ti mismo,
por temor de que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1).
La empatía nos impulsará, además,
a ofrecer ayuda práctica si está en nuestra mano hacerlo, incluso en el caso de
que nuestro hermano cristiano sea reacio a pedirla. “Cualquiera que tiene los
medios de este mundo para el sostén de la vida, y contempla a su hermano pasar
necesidad, y sin embargo le cierra la puerta de sus tiernas compasiones, ¿de
qué manera permanece el amor de Dios en él?”, señala el apóstol Juan, y agrega:
“No amemos de palabra ni con la lengua, sino en hecho y verdad” (1 Juan 3:17,
18).
A fin de amar “en hecho y
verdad”, primero hemos de percibir las necesidades particulares de los
hermanos. ¿Observamos con atención qué precisa nuestro prójimo con miras a
ayudarlo? En eso consiste la empatía.
Cultivemos la compasión
Quizá no tengamos empatía por
naturaleza, pero podemos cultivarla. Si escuchamos con más atención, observamos
con más perspicacia y nos imaginamos con más frecuencia que estamos en la
situación de otras personas, nuestra empatía aumentará. Como consecuencia, nos
sentiremos impulsados a ser más amorosos, bondadosos y compasivos con nuestros
hijos, otros cristianos y nuestros vecinos.
No permitamos jamás que el
egoísmo ahogue la empatía. “Que cada uno tenga en cuenta no sólo su propio
interés, sino también el de los demás.” (Filipenses 2:4, Magaña.) Nuestro
futuro eterno depende de la empatía de Jehová y su Sumo Sacerdote, Jesucristo.
Por tanto, tenemos la obligación moral de cultivar esta cualidad, la cual nos
capacitará para ser mejores ministros y mejores padres, y sobre todo, nos
ayudará a descubrir que “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos
20:35).
La empatía implica observar
atentamente las necesidades de los demás con la intención de ayudarlos.
DIOS LES BENDIGA
By: Michel Carolina Carela Fco.